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Caminata nocturna por la costa de La Esperanza: una reconexión con nuestros ancestros

  • amandalrodriguezdu
  • Mar 18
  • 4 min read

Este fue el primer recorrido nocturno dirigido desde la Hacienda La Esperanza por Para La Naturaleza disponible para el público


Manatí — La historia de la esclavitud y explotación de los ecosistemas por la industria agrícola en Puerto Rico durante el siglo XIX es extensa. En la Hacienda La Esperanza aún se conservan fragmentos de ese pasado. Una colección de 389 machetes recuerda las herramientas que utilizaban las personas esclavizadas en la producción azucarera. Para 1870, al menos 153 personas eran obligadas a trabajar en estos terrenos.


Mientras el sol se despedía y el color rosado teñía el cielo, la costa adquiría otro ritmo. El atardecer transformaba el paisaje en un espacio contemplativo, similar al que observaron quienes habitaron estas tierras siglos atrás. 


Camino hacia la altura

Desde la hacienda caminamos hasta la primera parada: un mirador en una loma cercana. A ambos lados del camino, las matas de caña alineaban la carretera. El olor a salitre nos acompañaba mientras subíamos. 


Como los taínos que habitaron esta región, avanzábamos con cuidado entre ramas y piedras. 


Desde lo alto, la bruma cubría las montañas vecinas. Frente a nosotros, la espuma de las olas del Atlántico rompía contra las rocas; a nuestras espaldas, el río Manatí fluía hacia la costa. La tierra que pisábamos antes servía como bateyes o plazas ceremoniales de los ostionoides y saladoides que habitaron el terreno.


Según estudios de la arqueóloga Isabel Rivera Collazo, las comunidades indígenas utilizaban este punto entre el río, la montaña y el mar como lugar de intercambios.


“El mar tal vez pudo significar algo malo para ellos, ya que a través del mar llegaron esclavistas a Puerto Rico para trabajar forzadamente; pero la costa también significa refugio para quienes la utilizaron para escaparse y sobrevivir”, expresó la intérprete ambiental Andrea Vitiello Rivera, que nos guiaba durante la caminata.


Según la intérprete, debajo de las dunas de arena hay montículos de artefactos indígenas. Entre ellos se encontró una moneda de 1508, un maravedí, que indica uno de los primeros encuentros entre españoles e indígenas.


“Es una historia que se tiene que conservar. Nos indica que este lugar fue utilizado por muchos años por los humanos. Tenemos que preservar estos ecosistemas para que las futuras generaciones también los puedan seguir utilizando”, añadió José Nevárez Rivera, coordinador de interpretación ambiental.


El olor a tierra húmeda llenaba el aire mientras observábamos la Cordillera Central. De pronto, escondida entre un arbusto de uvas playeras, se escuchó el canto de una fragata tijereta. Con binoculares provistos por los guías, observamos al ave de plumaje oscuro, alas angulares y una cola larga y bifurcada que se abría como tijeras en el aire.


Con el mismo instrumento, observamos la costa mientras Nevárez Rivera explicaba la conexión entre el río y la playa, y cómo la sal del océano proviene de minerales transportados por los ríos.


Descenso hacia el mar 

La primera canción de la noche, orquestada por grillos e insectos, nos dio la bienvenida a la playa para despedirnos del sol y comenzar la caminata por la costa. Pronto el brillo de las estrellas y la luna decoraban el océano y la vida nocturna comenzaba a presentarse.


Los guías proveyeron linternas, pero la luna —a pesar del cielo nublado— alumbraba el camino. Se podían apreciar las plantas que estabilizan las dunas y proveen refugio a aproximadamente diez nidos de tortugas careyes; esa misma mañana se había descubierto uno de ellos.


La primera parada fue frente a las eolianitas, rocas conocidas como “guardianes de la historia costera”, compuestas por antiguas dunas de arena. Los intérpretes explicaban que, con el tiempo, el viento y el oleaje cementan la arena; su presencia indica que la playa estuvo en otro lugar hace miles de años.


“Miren esa energía que viene desde el Atlántico. Hay que proteger estas costas, porque son las barreras que nos protegen cuando vienen marejadas fuertes”, resaltó la guía y bióloga marina Suheily Arce Lugo.


Luego nos invitaron a sentir la textura áspera de las rocas para apreciar sus deformaciones causadas por la lluvia. Fue ahí que los mosquitos comenzaron a aparecer. De inmediato, el olor a salitre se mezclaba con el del repelente de insectos.  


Antes de continuar, los intérpretes explicaron cómo los cimarrones utilizaban estas rocas como refugio tras escapar de la hacienda, ya fuera para esconderse o guardar comida para futuros fugitivos.


“Están viviendo ahora mismo lo mismo que ellos vivían: los mosquitos”, explicó el coordinador intérprete. El ambiente se sentía incómodo; las eolianitas impedían la brisa y los insectos aumentaban. Igual que nuestros antepasados, sentíamos picadas en la piel. 


“Como los españoles huían de estos espacios para evitar enfermedades como la fiebre amarilla, los cimarrones utilizaron estos insectos como mecanismo de defensa para sobrevivir”, elaboró Nevárez Rivera.


Continuamos el camino por la costa y nuestros pasos resonaban con el crujido sobre rocas y fragmentos de coral. Durante el trayecto, analizamos la arena como “un equipo de forenses”, como comparó Arce Lugo, e identificamos un erizo punta de lápiz y el caparazón de un caracol bulgao.


Del salitre hacia la humedad

La segunda canción de la noche —las olas acariciando la arena blanca— nos acompañó hasta entrar al bosque costero, un área protegida que alberga diversos ecosistemas y humedales.


Ya no eran los mosquitos quienes nos rodeaban, sino la humedad y la luz de la luna que guiaba a nuestros ancestros hacia un camino de seguridad y resistencia.


El coordinador nos invitó a cerrar los ojos y guardar silencio unos segundos para escuchar el oleaje y los insectos.


“Vamos a presenciar algo similar a lo que escuchaban estas personas mientras se ocultaban en el bosque. Sin embargo, su realidad era distinta: estaban siempre alerta. El sonido del oleaje podía esconder los pasos de quienes entraban al bosque o de quienes venían a capturarlos”, describió Nevárez Rivera.


El paisaje que hoy se expone a simple vista esconde historias nutridas por el sacrificio y la lucha de nuestros ancestros africanos e indígenas.


Parados en medio del camino que nos devolvía a la hacienda, el espacio se sentía distinto. Aunque ya no están, nuestros ascendientes también escucharon el oleaje, insectos y viento entre los árboles.


Enlace a noticia publicada en El Nuevo Día:

 
 
 

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